Mi desahogo: Ironías de la vida.
- 28 nov 2016
- 3 Min. de lectura

MI DESAHOGO: Llevo tres días leyendo a algunos “analistas de Facebook” hacer debate y polémica sobre la “realidad de los cubanos”, de su futuro “incierto o prometedor” de su pasado “aún mejor”. Son los mismos que saben de Cuba por un mapa, reportajes y noticieros (que según los intereses abordan el tema como les parece mejor) o a través de sus espejuelos ahumados de turistas bajo sombreros de ala ancha. Personas que visitaron Pinar del Rio, Varadero o Santiago (cuando Cuba es mucho más) y conocen lo que ellos llaman “realidad” luego de haber estado en la Isla a lo sumo 15 días, dando buen uso a sus flamantes tarjetas de crédito que les permite comprar lo que quieren y comer lo que se les antoja porque pagan en dólares. Los mismos que antes de que el presidente Barack Obama fuera a La Habana, te comentaban en un hilo de voz: - Mañana salgo para Cuba, pero no digas nada, tú sabes como es. Y al llegar suplicaban al personal de Inmigración que no les sellaran sus pasaportes para no tener problemas con su visa americana. Esos son los que hoy regresan y lo gritan a los cuatro vientos aún con el boleto en mano, en pleno aeropuerto y sin despegar su avión, que por supuesto no es la aerolínea Cubana, que ni Dios sabe a qué hora sale y mucho menos te garantiza el día de regreso. Lo curioso es que los que vivimos veinte, treinta, cuarenta y más años en Cuba y fuimos parte del proceso desde nuestro nacimiento, los niños que no conocimos lo que era una Navidad y que nuestros juguetes normados dejaron de llegar revolucionariamente los Día de Reyes Magos después de ser uno básico y dos adicionales. Las generaciones que veíamos cómo nuestras madre y abuelas deshacían sus vestidos para usar la tela para cocer la ropa a sus hijos y nietos. Juventud protagonista de primera fila del llamado “Periodo Especial” (Que no tiene nada que ver con la Cuaresma y si con el puro milagro de la supervivencia) los que sabemos lo que es “desayunar” con un vaso de agua con azúcar morena y un minúsculo pan diario por persona (que nunca te comías para dejárselo a los hijos adolescentes) Las mujeres que cocinamos toda nuestra vida con alimentos normados en una libreta de racionamiento, con tres huevos al mes por persona, dedicando más neuronas a hacer un almuerzo con casi nada o servir una cena con un plato de chicharos verdes sin arroz. Los que nos trasladamos enormes distancias a pie o pedaleando una pesada bicicleta china y nunca llegamos tarde a una reunión. Los que conocemos a Cuba de cabo a rabo, con sus casas despintadas por el paso del tiempo, su hacinamiento, sus limitaciones y carencias. Los que sabíamos lo que pasaba en el mundo exterior por revistas o trozos de periódicos que llegaban a escondidas. Los que no entendíamos el concepto de libertad de expresión. Aquellos que tuvimos que emigrar para poder proveer a nuestra familia de dólares para comprar comida, ropa y zapatos, enviar medicinas que no llegaban por donación: Esos, nosotros, simplemente hemos guardado silencio, pero con ese tipo de silencio que hace más estruendo que el estallido de una bomba.

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